Nunca me ha hecho gracia, pero hoy menos

El 4 de noviembre sufrí una de las peores experiencias de mi vida. Tuve que pasar algo a lo que, desgraciadamente, la mayoría de las mujeres nos enfrentamos a lo largo de nuestra vida. El acoso al que somos sometidas por la calle es algo que no merece nadie. A lo largo de estas líneas intento explicar qué ocurrió y cómo me sentí, esperando que esto pueda hacer reflexionar a alguien.

Hoy me han dado un susto. Uno de los gordos.

Esta tarde había salido, y sobre las cinco y media he decidido volver hacia casa. Para ello he tenido que cruzar por un concurrido lugar de mi barrio, y tan metida que iba en mis pensamientos que casi no me he dado ni cuenta de como un hombre que se ha cruzado conmigo me ha dejado ir un comentario muy feo. La verdad es que hasta unos pasos más allá ni he entendido bien lo que me ha dicho, así que ya era demasiado tarde para girarme y soltarle algún improperio, una mala cara o un mal gesto. Además, el hombre se ha cruzado por detrás de mi, así que ni le he visto la cara.

De camino a casa le he estado dando vueltas al comentario que me ha hecho el hombre, ya que esta misma mañana, al llegar a la Universidad, un grupo de 5-6 hombres me han soltado más comentarios. De hecho, se han puesto de un determinado modo para que yo no tuviera más narices que pasar entre el “pasillito” que me habían dejado preparado. Como ya me lo esperaba, una vez he pasado y he oído los comentarios malsonantes de turno, me he girado sin parar de andar y les he dicho “¿Os pasa algo?“. Alguno me ha contestado, pero nada más. Todo ha quedado allí.

Así que, pensando en eso, he llegado al portal de mi casa. He metido la llave en la cerradura cuando un hombre ha aparecido con un llavero en la mano. He supuesto inmediatamente que debía de ser un vecino de la otra escalera, y que ando un poco despistada con algunos pisos que han cambiado de propietario. He dejado pasar al hombre que se ha metido para dentro cuando he visto que las llaves que tenía en la mano no coincidían con las de mi portal. Hasta entonces no había podido darme cuenta porque no veo muy bien de lejos, y no he sido capaz de ver todas las llaves, pero la que tenía en la mano que supuestamente debía de ser la de la portería no era la indicada.

Me he olido algo extraño, así que mientras él se iba hacia mi escalera, yo me he agachado a recoger unos panfletos de publicidad que habían en el suelo, esperando a que el hombre pasara y se fuera. Cuando me he leído el panfleto entero he girado para mi escalera y he visto al hombre delante del ascensor, aparentemente esperándolo. Cuando me ha visto ha reculado y se ha ido a los buzones, donde yo iba a ir para perder tiempo. Así que cuando he visto que iba a los buzones he pasado de largo para subir por la escalera, pero él me ha dicho algo que yo no he logrado entender.

¿El qué, perdón?” Le he preguntado casi como un acto reflejo. No había entendido nada de lo que me había dicho y en ese momento no se me podía ocurrir qué podía haber dicho.

¿Qué vamos a hacer contigo?” Me ha respondido. Ahí me he acojonado. Me he muerto de miedo. “¡¿Qué dices?!” le he preguntado casi gritando. “¡Que vaya tetas tienes!” me ha respondido acompañando sus palabras con gestos. Cada vez estaba más asustada. Y le he comenzado a gritar: “¡Que te vayas! ¡Fuera!”  Le he lanzado la bola de papel que había hecho con la propaganda de la entrada y he comenzado a subir corriendo las escaleras mientras él se dirigía la mano hacia abajo y se agarraba el miembro por fuera de los pantalones. “¡Que me dejes en paz! ¡Fuera!” No paraba de gritar mientras subía las escaleras intentando que alguien me escuchara y saliera de casa.

He entrado en mi casa llorando, agobiada, muerta de miedo, totalmente consciente de que he sido yo quien ha dejado pasar a esa persona a mi escalera, sabiendo que ese hombre que se ha metido en mi portal ha sido el mismo hombre que me había soltado un comentario cinco minutos atrás en la calle. Sabiendo que ese hombre me había tenido que seguir más de cinco calles. Sabiendo que yo no ando precisamente despacio, pero que aún y así lo ha hecho. Sabiendo que si no me hubiera agachado a mirar la propaganda y, por un casual el ascensor hubiera estado en la planta baja, ese hombre hubiera entrado conmigo.

No se me ocurre nada que hubiera podido hacer mejor. Podía haber estado más atenta, no haberle dejado pasar al portal, pero seamos serios, ¿Cuántos de nosotros dejamos pasar a vecinos que no hemos visto nunca? ¿Cuántos de nosotros sabemos exactamente cuantas personas viven en cada uno de los pisos de nuestro edificio? Ni loca me hubiera arriesgado a quedarme en el portal con ese hombre mientras llamaba a la policía. Sólo tenía ganas de correr y encerrarme en mi casa.

Ese señor no me ha tocado ni un pelo. Quizás no lo hubiera hecho. O quizás sí. ¿Cómo sabemos qué hubiera pasado si no me hubiera dado cuenta del detalle de las llaves y me hubiera metido con él ascensor?

¿Qué derecho tenía esa persona de hacerme sentir tan mal como me siento ahora? ¿Quién es él para ello? Ahora se irá a su casa y se hará un par de pajas mientras yo no puedo parar de pensar en el “¿Qué hubiera pasado si…?”.

Seguro que alguno piensa que a saber que llevaría yo puesto para que el tío decidiera hacerme ese comentario y seguirme hasta mi casa. Una camiseta blanca básica de manga corta SIN escote y una cazadora encima. Pero, ¿qué importa eso? Ya lo digo yo: absolutamente nada. ¿Tengo que vestirme de un modo o de otro para qué un desgraciado decida darme o no un susto? ¿Por qué tengo que dejar de ponerme la ropa que yo quiero para evitar estas situaciones? Mi ropa no era nada provocativa, pero ese hombre ha seguido haciendo lo que ha hecho.

No paro de darle vueltas a la cabeza y ya no sé qué pensar, qué decir. Creo que nadie en el mundo tiene el derecho de hacer sentir a nadie de este modo. Se comienzan con comentarios y luego se pasan a estas cosas. No todos los que te dicen cosas por la calle tienen que ser así, ni mucho menos, pero hay muchos otros que sí. Nadie tiene que soportar un comentario subido de tono o una marida lasciva de alguien que no sea tu pareja. Y de ésta sólo tiene que venir cuando el contexto es el apropiado.

No quiero tener que enfrentarme a comentarios por la calle. No quiero que nadie me diga lo guapa que soy, lo bonito que es mi culo o lo buenísima que estoy. Muchos pensarán que un comentario inocente no le hace daño a nadie, pero a veces lo hacen. A veces de comentarios así nacen actitudes que te asustan, que te violentan, que no deberías aguantar NUNCA.

Quizás tu intención sólo sea decirle a una chica lo guapa que es. Pero no lo necesita, no de ti. Lo necesitará de sus amigos, de su familia, de su pareja o de la persona por la que se sienta atraída. Querrá saber si otras personas lo piensan, pero no porque se lo digan. A todas nos sobran estos comentarios, por mucho que a veces te pillen de buen humor y la persona sea hasta simpática, y que el comentario parezca hasta gracioso. Pero no lo es. Nunca es gracioso. Y menos cuando después del comentario vienen actitudes como a la que me he tenido que enfrentar hoy.

Nadie se merece esto.

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